Parte 1. Soy Cat.
De
nuevo Ángela Cat. La solitaria Cat. Su cuerpo en el presente y su mente en el
pasado.
Cat, mujer
llamativa, no por su belleza ni sus conversaciones, sino por su ser
de orquídea: colorida e impactante, oculta tras su engañosa y ornamental
presencia. Su verdadera esencia era la de un alguien en búsqueda de otro ser
para captar lo mejor de su energía, si te descuidabas te podría secar hasta la
última gota de tus ganas.
Cat se
encontraba de nuevo en aquel café bar: “El Barista”. “Lo mejor en aromas y
sobres de Bogotá”, esta era su eslogan; como de costumbre se ubicó en compañía
de un libro, en la mesa del fondo del bar, e inició su ritual; pidió un expreso doble, puso el libro sobre
sus piernas y lo abrió para continuar con su lectura.
Llegó
su bebida: espesa, penetrante y oscura. Tal era su calidad, que mis sentidos la
percibían al otro lado del bar, mientras fumaba un cigarro que esparcía
tranquilidad a mi destrozados nervios mientras sembraba semillas de cáncer; mis
sentidos se ahogaban en este ambiente pegajoso. Y las sensaciones eran más
fuertes por el cafeínico efecto de
Ángela Cat.
Sin
que notara mi presencia, la autómata Cat, prosiguió su ritual. Esculcó unos
segundos dentro de su bolso para sacar una cuchara, apreciaba su mango brillante de plata, siempre
con su extremo cóncavo envuelto con el mayor cuidado dentro de un viejo paño
rojo, oscurecido por haber probado tantos pequeños sorbos de café.
Inmersa
en su trance, dejó a un lado a un lado su compañero de 200 páginas.
Decididamente sumergió el brillante metal, en las entrañas del excelso café.
Realizó algunos movimientos, para asegurarse que extraería el corazón que se
ocultaba tras las oscuras y espesas aguas. Cuando la halló la extrajo, la acercó a su nariz, se cercioró
que era lo que buscaba, para sorber con las fuerzas de un sediento. La esencia
más preciada su alma.
Cuando
fue esparcido todo el corazón por sus papilas, limpió los restos que reposaban
al final de la cuchara, con el oscurecido paño rojo, el cual se tornó aún más
oscuro al tocar las primeras gotas.
Una
vez desgarrado y agonizante sobre la mesa aquel expreso doble, sorbió otro poco
de él, para asegurarse que no quedaban rastros de este corazón cargado de
cafeína. Al terminar este sorbo, colocó nuevamente el vaso sobre la mesa, y se
tomó unos segundos más, para envolver la cuchara en su funda, guardarla y
retornar a su lectura.
Este
era el acostumbrado ritual de Cat.
Continuará (...)
